martes, junio 07, 2005

FILOSOFÍA DE AEROSOL

Para Verónica Klingenberger

Salí de casa al anochecer con la depresión pisándome los talones. Yo aceleraba el paso, como si huyera de un personaje siniestro que, en lugar de ir armado con un cuchillo, estuviera provisto de argumentos incontestables sobre la futilidad de la vida. Pensaba en que huyendo no puede llegarse a la felicidad, pero doscientos metros más tarde, en la Plaça de Sant Joaquim, pintada con letras negras en una pared, encontré la salvación: “La virtud de una persona reside en el interior de uno mismo”. Gracias Dios, pensé, que nos das poetas sabios con aerosol. Y me dije: es cierto, muy cierto, y miré en mi interior. Me puse a descubrir que soy muy virtuoso en realidad, que soy perseverante y desidioso, honesto y mentiroso, y que no tengo por qué deprimirme. Mientras seguía caminando rumbo a la plaça del Sol en el barrio de Gràcia, donde habría de encontrarme con una amiga peruana quien, desde hacía ocho mil años y fruto de una confusión, tenía en su poder una bolsa de contenido étnicamente entrañable que me pertenecía: mole, chiles serranos y tortillas.
La virtud, ahí radica mi fortaleza y mi vigor, seguía repitiéndome, indagando más y más adentro de mí, cada vez más cerca de la paz interior y de la plaza, cuando al detenerme en una esquina, distraído a morir, miré el letrero de la calle: Carrer de la Virtut. Como otra de mis virtudes es el ser supersticioso, intuí que esto sería una señal, por lo que decidí hacer un tramo del recorrido por esta vía. Una cuadra más adelante, al mirar el reloj y advertir que también soy muy puntual, lo cual es una virtud rara de encontrar hoy en día, me topé con un lema escrito en letras rojas: “Haz tonterías y serás feliz”. Lejos de amilanarme por una probable ironía, y como me había decidido a adquirir la virtud de la ingenuidad, concluí que esta sentencia era una invitación a la alegría, que la vida se trataba de eso, de dejarse llevar, de estar con los amigos, y comer rico, y ver películas, y escuchar música, y de vez en cuando leer un libro, por qué no, incluso uno con mensaje que haga pensar.
Entonces me puse a hacer una lista mental de las cosas tontas que me hacen feliz. Aceleré el paso con una sonrisa idiota en la boca, enumerando actividades que parecían salidas del mundo ideal de un publicista, cuando al cambiar de calle leí en el muro que hacía contraesquina: “Feliz consumo y próspera miseria”. ¿Pero qué se creía este vándalo para arruinarme mi incipiente felicidad? ¿Y qué no se supone que los servicios de limpieza del ayuntamiento deben lavar los grafitis de las paredes? ¿No debe velar el ayuntamiento de Barcelona por la felicidad de sus ciudadanos? Toda la terapia previa se había ido al caño. El mundo dejó escapar toda la sordidez que contiene y que yo no había querido mirar. Ni hablar, los subversivos del aerosol tenían razón, vivimos una época triste, vulgar, en la que confundimos el confort con la felicidad. ¿Qué hacer, por Dios? “Help!”, gritaba con letras azules el muro de enfrente.
En esas estaba, cerca ya de mi destino, cuando encontré de nuevo la luz al final del túnel: “La vida es bella”, podía leerse con caligrafía de colegio de monjas en negro. ¡Es verdad!, pensé a gritos, ¡la vida es bella!, tiene gatos, libros, mujeres y tacos. Tiene gente que escribe literatura motivacional en las paredes. ¿Qué más se puede pedir? Ya no es necesario ir a la librería, ni inscribirse a un curso, menos aún asistir a una conferencia, la democracia ha triunfado: la llave de la verdad está por fin al alcance de todos, escrita en los muros. Sin embargo, había cantado victoria muy rápido, sobre la misma pared, apenas diez metros más adelante, estaba escrito con idéntica caligrafía: “Puta vida”. ¿Pero qué es esto? ¿Filósofos de la paradoja? ¿Desengañados amorosos? ¿Poetas malditos? Sea lo que sea una cosa es segura: en esta ciudad no se puede salir a caminar con dudas existenciales, porque las paredes terminan arruinándote el día. Menos mal que ya llegaba a la plaza.
Al otro lado me esperaba mi amiga, así que atravesé la plaza en diagonal eludiendo los bultos olorosos de los okupas, esa suerte de vagabundos europeos. Caí en cuenta de que ellos, los renegados de la sociedad del bienestar, deben ser los autores de muchas de las pintas que pululan en los muros de la ciudad. Se dicen anarquistas, no trabajan por no hacer el juego al sistema, ocupan casas abandonadas como protesta contra la especulación inmobiliaria, mendigan en las calles. Uno de sus eslogans, que puede leerse por todas partes, reza: “Okupa tu libertad”. Los hay españoles, italianos y franceses. Además siempre están acompañados por perros, muchos perros.
A mitad del camino, mientras cruzaba la plaza especulando una teoría sociológica que explicara el fenómeno de los okupas, pisé una mierda de perro. Luego tuve que enfrentarme con la risa sardónica de la peruana, quien antes incluso de saludarme me previno: “no te vayas a enojar”. Previsiblemente los chiles serranos estaban podridos y sobre las tortillas se veía una variedad alarmante de hongos. Sin parar de reír, ante mi desconsuelo, me señaló un grafiti gigantesco sobre una de las paredes de la plaza: “Bambi es amor”. Ambos reímos a carcajadas. Acordamos ir a beber una cerveza a un bar rojo que queda por ahí cerca. En el camino yo restregaba una y otra vez las suelas de mis zapatos contra el pavimento, tratando de limpiarlas. Sin embargo, antes de llegar al bar aun me esperaba la verdad de la vida, ahora disfrazada de esperanza en letras verdes y alargadas. La pinta estaba escrita en catalán, traduzco: “Del cemento no crece nada, de la mierda árboles”. Así que me detuve ante la revelación, levanté la suela de mi zapato derecho y la miré fijamente unos segundos. Por fin le dije a mi amiga: “espera, creo que me está naciendo una plantita”.