CON LA BUNDA EN LA CANGA (Crónica de Brasil)

A la familia Moroni
A mi entender, una playa está constituida por arena. Muchísima arena. Luego hay cosas encima de la arena, de acuerdo, y al lado está el mar tan bonito, ajá. Pero la playa es arena. Y la arena es, al igual que las úlceras duodenales, una de las molestias más insoportables de la existencia. Prueben metiéndose arena en el oído. Coman un poco de sus granitos (aunque con ello dejen de contribuir a cualquier causa, de preferencia a una muy noble). Lancen un puñado de ella directo a sus ojos. No importa si se trata de la arena blanca y finísima del Caribe, o de la arena negra de las Islas Canarias, ni siquiera de la arena de consistencia perfecta que abunda en las playas brasileñas. Es arena y es una molestia insoportable. Punto. Afrontémoslo: la playa, en tanto espacio físico, está sobrevalorada. A pesar de ello, a casi todo el mundo le encanta ir a la playa. A los brasileños, en cambio, no les encanta ir a la playa. No. A los brasileños les angustia no ir a la playa.
Yo nací y crecí tierra adentro, a más de quinientos kilómetros de la costa, y además soy un enemigo jurado de las actividades acuáticas. No es que no sepa nadar, ni que sea un sedentario. Me mueven motivaciones estéticas. De hecho, uno de mis proyectos más íntimos es pinchar una banana flotante: ¿han reflexionado en lo espantoso que es mirar en el horizonte poetiquísimo del mar el deslizamiento de un plátano de plástico gigante? Con esta idea fija y secreta en mente le pregunté a Zé, que a estas alturas del viaje ya no era sólo mi guía, sino mi amigo brasileño del alma: “Zezinho, ¿en las playas de aquí hay bananas gigantes esquiadoras en las que se monta la gente?”. Les juro que en portugués sonó peor aún. “Claro”, me contestó con ilusión, “en Itamambuca, una playa de Ubatuba, está la mayorrrrr banana flotante del cono sur”. Un debut perfecto para mis actividades terroristas, pensé, así que me dirigí al litoral paulista, al encuentro de la gran banana.
Ya estaba yo con la bunda – el trasero – en la canga – ese pedazo de tela que se lleva a la playa para usarse como refugio anti-arena – cuando descubrí que ir a la playa en Brasil es una cosa seria. Si uno no es brasileño debe haber adquirido antes cierto grado de profesionalidad, de lo contrario queda expuesto al ridículo. En una paradoja extrañísima, pero comprensible, lo más importante de todo es mantener el espacio privado – ese pedazo de playa que se elige con fines supuestamente recreativos – libre de arena. Eso: mantenerse sobre la arena sin padecer las molestias insoportables de la arena. Si los brasileños son los reyes indiscutibles de la playa es por una razón muy sencilla: dominan un sofisticado arte gracias al cual estar en la playa (to be) significa no estar en la arena (not to be). Salvo los niños, esos serecillos al fin y al cabo irracionales, los brasileños posan con una elegancia sobrenatural en la playa: ni un grano de arena sobre la canga, nada de arena por encima del tobillo e incluso cuando practican deporte tienen técnicas muy sutiles, que pueden pasar inadvertidas, para permanecer inmaculados.
Pero yo no domino ese arte, por lo que todos me miraban mal, suponiendo – supongo yo – , que era argentino. En Brasil es muy recomendable no ser argentino. Además yo necesitaba pasar desapercibido para poder llevar a cabo mi plan. Por eso estaba sacudiendo la arena de mi canga cuando apareció un vendedor ambulante para ofrecerme comida: pasteis (una especie de empanada), empadas (otra especie de empanada), bolinhos (una especie de croqueta), etc. Había de catupiry, de pollo con catupiry, de palmito con catupiry, de camarones con catupiry y de catupiry con catupiry. El catupiry es la marca de un requesón que ha terminado por convertirse en genérico. Es tan común en Brasil que con el simple hecho de pisar su territorio pasas más o menos la mitad del tiempo con bigotes de catupiry. Pedí un pastel de catupiry con catupiry y eso produjo el efecto que esperaba en mis vecinos de playa: todos se relajaron al concluir que con certeza yo era brasileño, uno muy exótico, de esos que no ven con frecuencia el mar, quizá de Acre, esa tierra remota que ya casi parece Bolivia. Pedí también una caipirinha de sandía, una delicia que todo el mundo debería probar algún día. Ya estaba listo para vigilar el panorama.
No había señales de la banana, pero había muchas cosas para ver. A mi lado un bebé dormía la siesta bajo una sombrilla. Me quedé un rato mirándolo, fascinado, y acabé descubriendo que se parecía mucho a mí. ¡Qué miedo! Mejor me puse a mirar para otro lado. Justo enfrente estaba un tipo dominando un balón de futbol de manera prodigiosa. Nunca dejaba caer la pelota y no levantaba nada de arena. Y ni siquiera era Ronaldinho. Además, por todas partes andaban las míticas brasileñas, es decir, brasileñas reales, pero sin tanga. Las brasileñas son seres humanos que cuando abandonan la playa hacen origami con la canga. Resulta que donde había un pedazo de tela ahora hay un vestido. Mirar todo esto me inspiraba reflexiones filológicas: ¿será que en el portugués de Brasil el sustantivo bunda provenga del adjetivo abundante?
Sólo una imagen logró distraerme de la filología: ahí estaba la banana. Era realmente grande, debe haber medido como trescientos metros. Los turistas iban acercándose para convertirse en tripulación. Entonces, sin que nadie me viera, desenterré de la arena el arma terrorista. Se trataba de una aguja de tejer, pero no de una aguja de tejer cualquiera: ¡una aguja de tejer que me regaló mi madre!, ¡y había sido afilada por ella! Fue el regalo que me hizo el día que me fui de casa: “toma, mijo”, me dijo con lágrimas en los ojos, “te servirá algún día”. ¡Y vaya que me ha servido!
La banana estaba a punto de ser remolcada, los viajantes ya estaban a bordo, el motor de la lancha aumentaba su estruendo cuando corrí desesperado, nadé olímpicamente y apuñalé una, dos, cuatro, seis veces la banana. Primero se escuchó un silbido, después la lancha salió disparada llevándose lo que ahora era un pedazo de plástico amarillo. Al mismo tiempo, los cuerpos de los turistas caían al agua, se revolvían víctimas de la confusión y comenzaban a buscar el camino de la orilla.
Yo volví a la playa nadando plácida y lentamente, de perrito. Me parece que sentí lo mismo que sintió Manuel Negrete cuando anotó aquel gol tan bonito contra Bulgaria en 1986. Un gol de tijera, en octavos de final de un mundial, en tu país. Sin embargo, los damnificados me esperaban en la orilla. Lo peor no había sido el susto, sino que por culpa de querer salvar sus vidas habían quedado cubiertos de arena. Había güeros, negros, caiçaras, mulatos, japoneses: una muestra casi representativa estadísticamente del melting pot brasileño. Me gritaban cosas muy feas, mientras se sacudían con furia la arena de encima. Volvían a pensar que yo era argentino.
Entendí de inmediato cuáles eran sus intenciones: iban a embadurnarme de catupiry, luego me rebozarían de arena y finalmente me freirían en aceite de bronceado.
Milanesa de argentino con catupiry.
Pero no lo hicieron, porque eran brasileños y querían bailar y reírse y esas cosas.
Lo que hicimos, una vez que nos quitamos la arena de encima, fue ir a comer pizza.
Yo nací y crecí tierra adentro, a más de quinientos kilómetros de la costa, y además soy un enemigo jurado de las actividades acuáticas. No es que no sepa nadar, ni que sea un sedentario. Me mueven motivaciones estéticas. De hecho, uno de mis proyectos más íntimos es pinchar una banana flotante: ¿han reflexionado en lo espantoso que es mirar en el horizonte poetiquísimo del mar el deslizamiento de un plátano de plástico gigante? Con esta idea fija y secreta en mente le pregunté a Zé, que a estas alturas del viaje ya no era sólo mi guía, sino mi amigo brasileño del alma: “Zezinho, ¿en las playas de aquí hay bananas gigantes esquiadoras en las que se monta la gente?”. Les juro que en portugués sonó peor aún. “Claro”, me contestó con ilusión, “en Itamambuca, una playa de Ubatuba, está la mayorrrrr banana flotante del cono sur”. Un debut perfecto para mis actividades terroristas, pensé, así que me dirigí al litoral paulista, al encuentro de la gran banana.
Ya estaba yo con la bunda – el trasero – en la canga – ese pedazo de tela que se lleva a la playa para usarse como refugio anti-arena – cuando descubrí que ir a la playa en Brasil es una cosa seria. Si uno no es brasileño debe haber adquirido antes cierto grado de profesionalidad, de lo contrario queda expuesto al ridículo. En una paradoja extrañísima, pero comprensible, lo más importante de todo es mantener el espacio privado – ese pedazo de playa que se elige con fines supuestamente recreativos – libre de arena. Eso: mantenerse sobre la arena sin padecer las molestias insoportables de la arena. Si los brasileños son los reyes indiscutibles de la playa es por una razón muy sencilla: dominan un sofisticado arte gracias al cual estar en la playa (to be) significa no estar en la arena (not to be). Salvo los niños, esos serecillos al fin y al cabo irracionales, los brasileños posan con una elegancia sobrenatural en la playa: ni un grano de arena sobre la canga, nada de arena por encima del tobillo e incluso cuando practican deporte tienen técnicas muy sutiles, que pueden pasar inadvertidas, para permanecer inmaculados.
Pero yo no domino ese arte, por lo que todos me miraban mal, suponiendo – supongo yo – , que era argentino. En Brasil es muy recomendable no ser argentino. Además yo necesitaba pasar desapercibido para poder llevar a cabo mi plan. Por eso estaba sacudiendo la arena de mi canga cuando apareció un vendedor ambulante para ofrecerme comida: pasteis (una especie de empanada), empadas (otra especie de empanada), bolinhos (una especie de croqueta), etc. Había de catupiry, de pollo con catupiry, de palmito con catupiry, de camarones con catupiry y de catupiry con catupiry. El catupiry es la marca de un requesón que ha terminado por convertirse en genérico. Es tan común en Brasil que con el simple hecho de pisar su territorio pasas más o menos la mitad del tiempo con bigotes de catupiry. Pedí un pastel de catupiry con catupiry y eso produjo el efecto que esperaba en mis vecinos de playa: todos se relajaron al concluir que con certeza yo era brasileño, uno muy exótico, de esos que no ven con frecuencia el mar, quizá de Acre, esa tierra remota que ya casi parece Bolivia. Pedí también una caipirinha de sandía, una delicia que todo el mundo debería probar algún día. Ya estaba listo para vigilar el panorama.
No había señales de la banana, pero había muchas cosas para ver. A mi lado un bebé dormía la siesta bajo una sombrilla. Me quedé un rato mirándolo, fascinado, y acabé descubriendo que se parecía mucho a mí. ¡Qué miedo! Mejor me puse a mirar para otro lado. Justo enfrente estaba un tipo dominando un balón de futbol de manera prodigiosa. Nunca dejaba caer la pelota y no levantaba nada de arena. Y ni siquiera era Ronaldinho. Además, por todas partes andaban las míticas brasileñas, es decir, brasileñas reales, pero sin tanga. Las brasileñas son seres humanos que cuando abandonan la playa hacen origami con la canga. Resulta que donde había un pedazo de tela ahora hay un vestido. Mirar todo esto me inspiraba reflexiones filológicas: ¿será que en el portugués de Brasil el sustantivo bunda provenga del adjetivo abundante?
Sólo una imagen logró distraerme de la filología: ahí estaba la banana. Era realmente grande, debe haber medido como trescientos metros. Los turistas iban acercándose para convertirse en tripulación. Entonces, sin que nadie me viera, desenterré de la arena el arma terrorista. Se trataba de una aguja de tejer, pero no de una aguja de tejer cualquiera: ¡una aguja de tejer que me regaló mi madre!, ¡y había sido afilada por ella! Fue el regalo que me hizo el día que me fui de casa: “toma, mijo”, me dijo con lágrimas en los ojos, “te servirá algún día”. ¡Y vaya que me ha servido!
La banana estaba a punto de ser remolcada, los viajantes ya estaban a bordo, el motor de la lancha aumentaba su estruendo cuando corrí desesperado, nadé olímpicamente y apuñalé una, dos, cuatro, seis veces la banana. Primero se escuchó un silbido, después la lancha salió disparada llevándose lo que ahora era un pedazo de plástico amarillo. Al mismo tiempo, los cuerpos de los turistas caían al agua, se revolvían víctimas de la confusión y comenzaban a buscar el camino de la orilla.
Yo volví a la playa nadando plácida y lentamente, de perrito. Me parece que sentí lo mismo que sintió Manuel Negrete cuando anotó aquel gol tan bonito contra Bulgaria en 1986. Un gol de tijera, en octavos de final de un mundial, en tu país. Sin embargo, los damnificados me esperaban en la orilla. Lo peor no había sido el susto, sino que por culpa de querer salvar sus vidas habían quedado cubiertos de arena. Había güeros, negros, caiçaras, mulatos, japoneses: una muestra casi representativa estadísticamente del melting pot brasileño. Me gritaban cosas muy feas, mientras se sacudían con furia la arena de encima. Volvían a pensar que yo era argentino.
Entendí de inmediato cuáles eran sus intenciones: iban a embadurnarme de catupiry, luego me rebozarían de arena y finalmente me freirían en aceite de bronceado.
Milanesa de argentino con catupiry.
Pero no lo hicieron, porque eran brasileños y querían bailar y reírse y esas cosas.
Lo que hicimos, una vez que nos quitamos la arena de encima, fue ir a comer pizza.
Al final, como dicen en Brasil, todo acabó en pizza.
Claro, con catupiry.




