viernes, enero 26, 2007

CON LA BUNDA EN LA CANGA (Crónica de Brasil)


A la familia Moroni
A mi entender, una playa está constituida por arena. Muchísima arena. Luego hay cosas encima de la arena, de acuerdo, y al lado está el mar tan bonito, ajá. Pero la playa es arena. Y la arena es, al igual que las úlceras duodenales, una de las molestias más insoportables de la existencia. Prueben metiéndose arena en el oído. Coman un poco de sus granitos (aunque con ello dejen de contribuir a cualquier causa, de preferencia a una muy noble). Lancen un puñado de ella directo a sus ojos. No importa si se trata de la arena blanca y finísima del Caribe, o de la arena negra de las Islas Canarias, ni siquiera de la arena de consistencia perfecta que abunda en las playas brasileñas. Es arena y es una molestia insoportable. Punto. Afrontémoslo: la playa, en tanto espacio físico, está sobrevalorada. A pesar de ello, a casi todo el mundo le encanta ir a la playa. A los brasileños, en cambio, no les encanta ir a la playa. No. A los brasileños les angustia no ir a la playa.
Yo nací y crecí tierra adentro, a más de quinientos kilómetros de la costa, y además soy un enemigo jurado de las actividades acuáticas. No es que no sepa nadar, ni que sea un sedentario. Me mueven motivaciones estéticas. De hecho, uno de mis proyectos más íntimos es pinchar una banana flotante: ¿han reflexionado en lo espantoso que es mirar en el horizonte poetiquísimo del mar el deslizamiento de un plátano de plástico gigante? Con esta idea fija y secreta en mente le pregunté a Zé, que a estas alturas del viaje ya no era sólo mi guía, sino mi amigo brasileño del alma: “Zezinho, ¿en las playas de aquí hay bananas gigantes esquiadoras en las que se monta la gente?”. Les juro que en portugués sonó peor aún. “Claro”, me contestó con ilusión, “en Itamambuca, una playa de Ubatuba, está la mayorrrrr banana flotante del cono sur”. Un debut perfecto para mis actividades terroristas, pensé, así que me dirigí al litoral paulista, al encuentro de la gran banana.
Ya estaba yo con la bunda – el trasero – en la canga – ese pedazo de tela que se lleva a la playa para usarse como refugio anti-arena – cuando descubrí que ir a la playa en Brasil es una cosa seria. Si uno no es brasileño debe haber adquirido antes cierto grado de profesionalidad, de lo contrario queda expuesto al ridículo. En una paradoja extrañísima, pero comprensible, lo más importante de todo es mantener el espacio privado – ese pedazo de playa que se elige con fines supuestamente recreativos – libre de arena. Eso: mantenerse sobre la arena sin padecer las molestias insoportables de la arena. Si los brasileños son los reyes indiscutibles de la playa es por una razón muy sencilla: dominan un sofisticado arte gracias al cual estar en la playa (to be) significa no estar en la arena (not to be). Salvo los niños, esos serecillos al fin y al cabo irracionales, los brasileños posan con una elegancia sobrenatural en la playa: ni un grano de arena sobre la canga, nada de arena por encima del tobillo e incluso cuando practican deporte tienen técnicas muy sutiles, que pueden pasar inadvertidas, para permanecer inmaculados.
Pero yo no domino ese arte, por lo que todos me miraban mal, suponiendo – supongo yo – , que era argentino. En Brasil es muy recomendable no ser argentino. Además yo necesitaba pasar desapercibido para poder llevar a cabo mi plan. Por eso estaba sacudiendo la arena de mi canga cuando apareció un vendedor ambulante para ofrecerme comida: pasteis (una especie de empanada), empadas (otra especie de empanada), bolinhos (una especie de croqueta), etc. Había de catupiry, de pollo con catupiry, de palmito con catupiry, de camarones con catupiry y de catupiry con catupiry. El catupiry es la marca de un requesón que ha terminado por convertirse en genérico. Es tan común en Brasil que con el simple hecho de pisar su territorio pasas más o menos la mitad del tiempo con bigotes de catupiry. Pedí un pastel de catupiry con catupiry y eso produjo el efecto que esperaba en mis vecinos de playa: todos se relajaron al concluir que con certeza yo era brasileño, uno muy exótico, de esos que no ven con frecuencia el mar, quizá de Acre, esa tierra remota que ya casi parece Bolivia. Pedí también una caipirinha de sandía, una delicia que todo el mundo debería probar algún día. Ya estaba listo para vigilar el panorama.
No había señales de la banana, pero había muchas cosas para ver. A mi lado un bebé dormía la siesta bajo una sombrilla. Me quedé un rato mirándolo, fascinado, y acabé descubriendo que se parecía mucho a mí. ¡Qué miedo! Mejor me puse a mirar para otro lado. Justo enfrente estaba un tipo dominando un balón de futbol de manera prodigiosa. Nunca dejaba caer la pelota y no levantaba nada de arena. Y ni siquiera era Ronaldinho. Además, por todas partes andaban las míticas brasileñas, es decir, brasileñas reales, pero sin tanga. Las brasileñas son seres humanos que cuando abandonan la playa hacen origami con la canga. Resulta que donde había un pedazo de tela ahora hay un vestido. Mirar todo esto me inspiraba reflexiones filológicas: ¿será que en el portugués de Brasil el sustantivo bunda provenga del adjetivo abundante?
Sólo una imagen logró distraerme de la filología: ahí estaba la banana. Era realmente grande, debe haber medido como trescientos metros. Los turistas iban acercándose para convertirse en tripulación. Entonces, sin que nadie me viera, desenterré de la arena el arma terrorista. Se trataba de una aguja de tejer, pero no de una aguja de tejer cualquiera: ¡una aguja de tejer que me regaló mi madre!, ¡y había sido afilada por ella! Fue el regalo que me hizo el día que me fui de casa: “toma, mijo”, me dijo con lágrimas en los ojos, “te servirá algún día”. ¡Y vaya que me ha servido!
La banana estaba a punto de ser remolcada, los viajantes ya estaban a bordo, el motor de la lancha aumentaba su estruendo cuando corrí desesperado, nadé olímpicamente y apuñalé una, dos, cuatro, seis veces la banana. Primero se escuchó un silbido, después la lancha salió disparada llevándose lo que ahora era un pedazo de plástico amarillo. Al mismo tiempo, los cuerpos de los turistas caían al agua, se revolvían víctimas de la confusión y comenzaban a buscar el camino de la orilla.
Yo volví a la playa nadando plácida y lentamente, de perrito. Me parece que sentí lo mismo que sintió Manuel Negrete cuando anotó aquel gol tan bonito contra Bulgaria en 1986. Un gol de tijera, en octavos de final de un mundial, en tu país. Sin embargo, los damnificados me esperaban en la orilla. Lo peor no había sido el susto, sino que por culpa de querer salvar sus vidas habían quedado cubiertos de arena. Había güeros, negros, caiçaras, mulatos, japoneses: una muestra casi representativa estadísticamente del melting pot brasileño. Me gritaban cosas muy feas, mientras se sacudían con furia la arena de encima. Volvían a pensar que yo era argentino.
Entendí de inmediato cuáles eran sus intenciones: iban a embadurnarme de catupiry, luego me rebozarían de arena y finalmente me freirían en aceite de bronceado.
Milanesa de argentino con catupiry.
Pero no lo hicieron, porque eran brasileños y querían bailar y reírse y esas cosas.
Lo que hicimos, una vez que nos quitamos la arena de encima, fue ir a comer pizza.
Al final, como dicen en Brasil, todo acabó en pizza.
Claro, con catupiry.

miércoles, enero 10, 2007

MUNDO CAPIBARA (Crónica de Brasil)



Generalizando, podría decir que mi relación con los roedores es pésima. En primer lugar porque tienen bigotes. Que un ser vivo utilice el mostacho para darle forma al mundo me parece la cosa más terrorífica que pueda imaginarse. Desgraciadamente no es una fantasía paranoica. Los roedores utilizan los bigotes para determinar el tamaño, la forma y la textura de los objetos que los circundan. Es decir, que cuando el mostacho de un roedor te acaricia la piel resulta que el bicho ya te tomó las medidas. Luego están mis traumas de la infancia.
La verdad es que no sé cuántos años tenía esa tarde. Puede ser que siete, aunque también puede ser que nueve. Pero con certeza era una tarde cuando mi mamá apareció elegantemente histérica para comunicarnos a mi hermano mayor y a mí que en la cocina campeaba una rata. Mi madre dijo, en plan griego: “¡Mátenla, mijos!”. No dijo atrápenla, ni ahuyéntenla, ni disuádanla, ni domestíquenla. Ella dijo: ¡mátenla! Eso también es terrorífico, que tu madre te ordene cometer un asesinato.
Como en aquel entonces éramos muy obedientes y teníamos miedo de ir al infierno, mi hermano y yo fuimos rumbo a la cocina armados con una escoba. El problema fue que la rata no estaba esperándonos en el centro de la cocina. La muy desgraciada se ocultaba de nuestra vista, pero su presencia se evidenciaba por el ruido de sus bigotes que iban reconociendo las entrañas de la cocina materna. Después de un breve examen acústico llegamos a la conclusión de que el bicho se ocultaba en el mueble ubicado debajo de la pila del agua. Mi hermano mayor, con esa prepotencia de la que se creía merecedor nomás por haber nacido antes, me ordenó: “Abre las puertitas y cuando salga yo la mato”. Yo pensé: tranquilo, Rambo. Acto seguido cogió la escoba y se colocó en posición de bateador de beisbol. ¡Qué cabrón! Yo sabía que cuando abriera las puertas la rata quedaría liberada y que sus movimientos frenéticos producirían una lluvia de pulgas, las cuales saltarían hasta mí y me inyectarían su ponzoña mortífera. No era un terror irracional, en aquel entonces yo era un niño ilustrado que dedicaba horas enteras a responder cuestionarios de la escuela primaria. Por eso yo sabía de la peste, de los millones de muertos en la Europa medieval. Y sucede que cuando uno es niño por lo general no quiere morir, así que me dio miedo. Vale la pena recalcar: yo tenía miedo de las pulgas de la rata, no de la rata en sí. Eso, porque todavía no había tenido el gusto de conocer a la rata.
Luego de un momento de indecisión, y consciente de que si tardaba demasiado la rabia imperialista de mi hermano se canalizaría hacía mí, me acerqué al mueblecito y temblando abrí las puertas. En el mismo momento apareció La Rata. Fue una visión vertiginosa, de centésimas de segundo, una imagen producida por los nervios y el estómago, como en las pesadillas. Contra los deseos homicidas de mi madre La Rata sobrevivió a nuestro ataque: mi hermano alcanzó a golpearla, pero para aniquilarla habría necesitado una pistola de buen calibre, me parece que una 38. No supimos cómo, ni por dónde, el caso es que La Rata desapareció.
Durante años esa visión nutrió mis temores secretos, mis fobias pueriles, mis pesadillas más sudorosas. Especulé si se habría tratado en realidad de un conejo, de una nutria, de un castor. Todas estas posibilidades fueron desechadas, porque se quedaban cortas. A la edad de Jesucristo ya había optado por concluir, con esa suficiencia estúpida propia de la madurez impostada, que en realidad La Rata no era tan grande, que seguramente se trataba de una magnificación fantasiosa de la infancia, y que La Rata ni siquiera merecía ser llamada La Rata, sino simplemente la rata. Pero entonces vine a Brasil y descubrí la verdad: en la cocina de mi madre habitaba una capibara.
Una tarde reciente hacía un trayecto en auto por Sao Paulo con Zé, mi colega y guía brasileño. Nos desplazábamos – o más bien intentábamos desplazarnos, porque había un embotellamiento terrible –, a través de la marginal Tiête, una avenida que discurre, tal y como lo dice su nombre, al lado del río Tiête. Yo estaba cansado, distraído, y además intentaba mantener una conversación en portugués. Por eso no di crédito a una imagen fugaz que se coló en mi conciencia: por el costado de la avenida creí ver una rata gigante que corría con dirección al río. Supongo que puse la misma cara de terror de aquella tarde de mi infancia, pues Zé me preguntó si estaba bien, si me pasaba algo, si quería que nos detuviéramos. “No pasa nada”, le contesté, “tuve una alucinación… es que estoy cansado, y hace mucho calor, ¡y por Dios, Zé, llueve mucho en este país!”. “¿Una alucinación?, ¿qué viste?”, me preguntó divertido. Cuando le confesé con vergüenza mis temores, me respondió como si nada: “Ah, sí, viven ahí, en los márgenes del río, y también nadan”. Yo miré el río, olí el río, y pensé: es una mutación genética, por la contaminación. Era como en las películas de serie B, hasta imaginé un título: “El ataque de las ratas gigantes”. Sin embargo, una vez más la ciencia vino al rescate del hombre, en este caso para un cometido modesto: aniquilar mis terrores irracionales. “Se llaman capibaras”, dijo Zé, quien, como al fin y al cabo es de Campinas, la capital mundial del chovinismo, agregó: “Es el mayorrrrr roedor del mundo”. Y luego me aseguró, lamiéndose los labios, que eran “muito gostosas”. Al advertir que yo no salía del asombro ante la normalidad con la que él asumía tal monstruosidad, me recomendó que visitara el parque del lago Taquaral, en Campinas.
La capibara, Hydrochoerus hydrochaeris, en efecto es el roedor más grande del mundo. Tiene por lo común de 1 a 1.5 metros de longitud y pesa por lo menos cincuenta kilos en edad adulta. Al sur de Brasil llega a pesar más de ochenta. Como es más grande, tiene los bigotes todavía más ridículos. Mora en toda Sudamérica y también se le conoce como carpincho (Argentina, Paraguay y Uruguay), chigüiro (Colombia), chigüire (Venezuela), ronsoco (Perú) y poncho (Panamá). Es un animal semiacuático: es un gran nadador y puede permanecer debajo del agua bastante tiempo. Dado que se alimenta de pastos y sólo utiliza el agua para huir de sus depredadores, para dormir y para reproducirse, no tiene inconveniente en vivir en habitats poluídos, como el río Tiête.
Decidido a ahuyentar definitivamente mis terrores, el domingo siguiente fui al parque del lago Taquaral y me dediqué a tomar fotografías, decenas de fotografías: capibaras corriendo, nadando, pastando, durmiendo. Resultó que hasta eran unos monstruos simpáticos. Son animales rápidos, pero se cansan pronto. Al perseguirlos como objetivo fotográfico no me resultó difícil imaginar lo fácil que debe resultar cazarlos. De hecho, hasta hace poco las capibaras sufrieron una gran depredación de los humanos sudamericanos, quienes comían su carne y utilizaban su piel. Dicen que tiene un sabor parecido al puerco. Gente comiendo roedores me hizo recordar una leyenda urbana que circulaba cuando era niño y que solía producir náuseas en los oyentes: a un pobre tipo le habían servido una rata empanizada en un fast food. Pues en Brasil la rata gigante fue durante muchísimos años un alimento básico. Tanto que una bula papal del siglo XVIII declaró que la capibara era un pez, todo para permitir su ingesta durante la semana santa.
Antes de abandonar el parque pude fotografiar una escena que me pareció el colmo de la ternura asquerosa: una madre capibara amamantando a sus crías. Mientras lo hacía otro paseante me advirtió que no me acercara demasiado, pues la capibara podría atacarme. Ni siquiera esa amenaza logró amilanarme: una madre que defiende a sus hijos es algo que puedo entender perfectamente. Aquella lejana pesadilla de la infancia se iba difuminando alegremente.
El viaje a Brasil ya había rendido sus frutos.
Un trauma menos.
Ya sólo tendría que lidiar con otros veintisiete.
Por supuesto, aún queda un enigma sin resolver: ¿qué hacía una capibara en los altos de Jalisco?, ¿será que exista un sistema hidrológico que vincula todos los ríos contaminados de América Latina?

viernes, diciembre 22, 2006

CAMPINAS, CAPITAL MUNDIAL DEL CHOVINISMO (Crónica de Brasil)


En Campinas, la segunda ciudad más grande del estado de São Paulo, todos los caminos parecen llevar al Shopping Parque Dom Pedro, el centro comercial más grande de América Latina. No lo digo con una intención metafórica, sino basado en la estadística pura y dura: de acuerdo con mi experiencia, cuatro de cada cinco recorridos automovilísticos pasan, tarde o temprano, por enfrente de este elefante verde pistache que aloja quinientas tiendas. Y en el cien por ciento de esas ocasiones he escuchado que el conductor me decía: “Es el mayorrrrr centro comercial de Latinoamérica” (para una correcta pronunciación caipira – provinciana – del interiorrrrr de São Paulo, pronúnciese la erre como si fuera una erre del inglés. Obvio, en portugués). Lo curioso es que el Shopping se localiza fuera de la ciudad, sobre la carretera Dom Pedro I, y después de unos cuantos días abrigo la sospecha, casi la certeza, de que estoy sufriendo unos rodeos absurdos porque los campineiros quieren que aprecie, una vez más, la mayorrrrr atracción turística de la ciudad.
Campinas tiene alrededor de un millón de habitantes y no es la segunda ciudad más grande del estado de São Paulo. Eso le digo a Zé, para molestarlo, mientras volvemos a Campinas desde São Paulo, utilizando la autopista Bandeirantes, la mejor autopista de Brasil, según anuncia un letrero avalado por un órgano certificador de chovinismos. Por cierto, São Paulo, con sus dieciocho millones de habitantes, es la ciudad más grande de Brasil, y también la ciudad más grande de Sudamérica y, por si fuera poco, la segunda ciudad más grande de Latinoamérica (un punto para el chovinismo chilango). “¿Y Guarulhos, Zé?”, le pregunto, “es más grande que Campinas, ¿o no?”. Me refiero a una ciudad de casi un millón y medio de habitantes, vecina de São Paulo, donde se localiza el mayorrrrr aeropuerto internacional de Brasil. “Guarulhos es Grande São Paulo, no cuenta”, responde Zé. “¿Cómo que no cuenta, Zé? ¿Guarulhos no tiene alcalde?, ¿no tiene una administración municipal independiente de São Paulo?”. Zé prefiere no continuar por ese camino: “Pero Campinas es la ciudad más grande del interiorrrrr de São Paulo”.
Entramos en Campinas y para quitarse el sabor amargo Zé me hace la pregunta favorita de los brasileños: “¿Te gusta el futbol?”. Yo digo que sí, que mucho, mientras razono rápidamente en que nada podré argumentar frente a cinco copas del mundo, así que llevo la conversación a la liga local, lo más lejos posible de la prepotencia de la todopoderosa selección brasileña de futbol. Coincidencia o no, pasamos al costado de un estadio. Desde el auto leo el letrero que corona las gradas: “Guaraní, único campeón nacional del interior de São Paulo (1978)”. Zé me dice que ahora el Guaraní juega en la tercera división nacional. Lo dice con un gusto en el que se adivina el odio. “Yo soy torcedor de Ponte Preta, el otro equipo de Campinas”, agrega, “el equipo más viejo de toda la historia de Brasil, fue fundado hace 108 años”. Yo digo que soy del Atlas de Guadalajara, el mejorrrrr equipo del mundo, y que hace 54 años que no salimos campeones. “Nosotros llevamos el doble”, me responde con orgullo, “y este año bajamos a segunda”.
Nos detenemos en un semáforo y al mirar a mi derecha descubro un local modesto, una especie de cafetería, con una terraza improvisada formada por sillas de plástico de cerveza Brahma. Debajo del nombre del restaurante, City Bar, el eslogan presume: “¡El mejor bolinho de bacalao del mundo!”. ¡Tiembla Lisboa! Zé me despierta de mi abstracción culinaria: “¿Sabías que en Campinas está la tienda de deportes más grande de Latinoamérica?”. Me está hablando de una sucursal de la empresa francesa Decathlon: 4.000 metros cuadrados de área de exhibición. Yo no digo nada, pero me sé la historia: para ser la mayorrrrr tienda deportiva de América Latina contabilizan también el espacio del estacionamiento. Cuando alguien – otro chovinista, con certeza – hizo la reclamación pertinente, los campineiros tuvieron que conformarse con tener la mayorrrrr tienda deportiva de Brasil – ¡800 metros mayor que la Decathlon de Morumbi, en São Paulo!
Afortunadamente para los chovinistas siempre se puede ser el mayor, el mejor, el único o el más viejo cambiando el parámetro de comparación. Es lo que hacen los campineiros: comienzan a escala mundial y van descendiendo a América, Latinoamérica, Sudamérica, Brasil, estado de São Paulo, hasta llegar a la categoría inferior, interiorrrrr de São Paulo. Esta categoría no carece de importancia, muy por el contrario: permite levantar a Campinas muy por encima de sus ciudades vecinas. De manera inversa, el objeto o fenómeno sobre el que se ejerce el chovinismo – esa cosa de la que hay que sentirse orgulloso – muda en ascensión: si no está localizada en Campinas se busca en el interiorrrrr de São Paulo, en el estado de São Paulo y finalmente en Brasil.
En un círculo vicioso, que muy probablemente el campineiro no advierte, los gobiernos, las empresas, las instituciones, todos nutren el chovinismo local como estrategia de marketing. El consumidor campineiro es retro: gusta de aquella publicidad de los cincuenta, basada en el grandismo, el unicismo y el mejorismo. Lo peor es cuando ello acontece en el terreno espiritual. Quien siga el futbol mexicano recordará que hace unos diez años llegó una horda de jugadores brasileños que al marcar gol mostraban camisetas con la leyenda “Jesús te ama” y cosas por el estilo. Pues bien, eso es Brasil. Un terreno de batalla privilegiado por las diferentes facciones del cristianismo. En esta guerra, los mormones entendieron a la perfección el alma campineira: construyeron en Campinas el templo mormón más grande de América Latina. Mientras se despide, Zé me informa que el templo es tan impresionante que bien vale una visita. Yo lo conozco, lo he visto varias veces de lejos. Desde lo alto de ese monstruo de mármol, en un destello dorado, el ángel Moroni blande una trompeta y parece advertir a los visitantes: pu pu pu pu pu pu pu, aquí es Campinas, capital mundial del chovinismo (o cuando menos del interiorrrrr de São Paulo).

sábado, enero 21, 2006

HOMENAJE A GRÀCIA (Traducción al castellano)

Estoy parado en el corazón del barrio de Gràcia: el cruce de las avenidas Travessera de Gràcia y Gran de Gràcia. Miro calle arriba, hacia la estación del metro Fontana, y las luces de navidad me hacen sentir un vértigo de felicidad injustificada, casi estúpida. Hay miles de lucecitas, como si cada una fuera una estrella alineada en una constelación monótona, sin encanto pero hipnótica. Como si cada una fuera una promesa que no es necesario cumplir. Pronto el ayuntamiento las quitará (las luces, las promesas no: son la especialidad de los políticos). Aún así los niños son felices, con la felicidad de quien cree únicamente en las promesas de los reyes magos.
Camino por Travessera hacia Torrent de l’Olla. Voy mirando a las familias que se detienen frente a los aparadores de las tiendas. Voy reconociendo el origen de algunos de los niños mediante al análisis de sus ojos, sus rasgos, el color de su piel: hay chinos (en realidad chinas), africanos, latinoamericanos. Por su parte, los padres son catalanes. Estos niños aún no lo saben, pero sus problemas potenciales han cambiado radicalmente. Les espera la angustia de conseguir un piso para independizarse. Les espera la desesperación de las rebajas de enero. Les espera el horror de las terapias contra el tabaquismo. Les espera la desolación del “no” de una chica que se llamará Nuria o Laia y la euforia del “sí” de un chico que se llamará Jordi o Sergi. Les espera el miedo al Chelsea en los octavos de final de la Champions League.
Sigo caminando. Como siempre, ante la proliferación de oficinas de inmobiliarias, me resulta imposible no pensar en la situación absurda de la arquitectura y la vivienda: las fincas modernistas que embellecen el barrio tienen que soportar el efecto nefasto de las fincas cuadradas y austeras que hacen evocar una Barcelona deprimente; los pisos remodelados se transforman en sitios de paso para extranjeros ricos; los pisos viejos de alquiler congelado parecen caerse a pedazos; todas las rentas están infladas... Y claro, además está el folclore alternativo y marginal: los pisos ocupados. En resumen, toda la parafernalia inmobiliaria que hace que la frase “conseguí un piso en Gràcia” sea un milagro, toda la maquinaria que hace que los graciens hayan de ir a vivir fuera. Gràcia como un paraíso de la famosa burbuja inmobiliaria.
Entro a la biblioteca del barrio para regresar un libro. Mientras espero en la fila observo a la gente que permanece sentada en la sala de revistas. Hay muchos viejos. También hay jóvenes. Los viejos leen los diarios. Los jóvenes leen las revistas. En realidad, los viejos leen y los jóvenes nada más miran. Puede deducirse por la velocidad con la que cambian de página. Parece que a los jóvenes no les interesa nada, que ningún tema puede instalarse en su cerebro más de un minutito. En cambio, los viejos, que en teoría lo han visto todo, encuentran apasionante cualquier cosa: el asesinato de una mujer apuñalada por su marido, la situación política en Irán, el embarazo de Angelina Jolie o el pronóstico del clima para Girona (aunque no vayan a ir a Girona en los próximos días). Durante unos segundos la parálisis de los viejos y la prisa de los jóvenes se sincronizan: es el vals de la pérdida del tiempo. Unos descansan y otros corren, pero el tiempo se escapa igual.
Salgo a la calle nuevamente. El cambio de sensación corporal, del ahogo de la calefacción de la biblioteca a la asfixia del frío exterior, me altera el ánimo. Me descubro un poco de decepción atrapado en el esternón, pero es tan sólo un atisbo de emoción negativa que puedo hacer desaparecer muy fácil: yendo de compras. Voy perdiéndome por las calles estrechas. Todas las contradicciones del barrio se materializan en su actividad comercial. Tiendas de diseño que ofrecen productos insólitos al lado de tiendas de pueblo que venden artículos de primera necesidad al lado de tiendas de chinos que lo venden todo. Bares de diseño que sirven caipiriñas y mojitos al lado de bodegas “para hacer un vermut”. Locutorios latinoamericanos. Supermercados y tiendas de paquistaníes compitiendo por el mismo mercado. Restaurantes libaneses, chinos, griegos, mexicanos, italianos, argentinos. Una pita de shawarma o una hamburguesa del MacDonald’s. Tiendas donde sólo se habla catalán, tiendas donde sólo se habla castellano, tiendas donde sólo se habla con las manos, porque los chinos o los paquistaníes no hablan ni catalán ni castellano. Y por todos lados tiendas de ropa, muchas tiendas de ropa que desde diciembre visten al barrio con sus aparadores coloridos.
Compro un libro en la mesa de saldos de un anticuario. Compro una botella de vino tinto en una bodega. Después me dirijo hacia la plaza de la Revolución, donde he de encontrarme con mis amigos. Ahí hay perros paseando a sus amos. Hay grupos de jóvenes que conversan y ríen a gritos a pesar de los letreros que dicen “Gracia quiere descanso, no hagas ruido”. Hay chicos y chicas agarrados de las manos, abrazándose, besándose, paseando cínicamente delante de los solitarios. Por aquí y por allá la gente bebe cerveza, fuma, arma porros a la vista de todos. Reina la indiferencia. Entro en un bar ligeramente modernista y pido una cerveza y unas patatas bravas. He llegado temprano, tengo que esperar. Por mientras hojeo el libro que compré: se trata de una novela llamada Gràcia, de Rafael Vallbona, un escritor catalán desconocido para mí. En la contraportada dice: “Gràcia es la metáfora del pueblo convertido en ciudad”. También dice: “Gràcia es un millón de cosas”. Dentro dice cosas aún más tópicas.
Llegan mis amigos. Bebemos tres, cuatro cervezas. Comemos champiñones, pan con tomate, calamares, más bravas. Hablamos de todo y de nada. Voy al lavabo y en el camino escucho hablar en inglés, en francés, en alemán, en portugués... además del catalán y del castellano, obviamente. Gràcia es el pueblo global, pienso, y así añado una frase más al listado de tópicos sobre el barrio.
Mientras orino, gracias al sentimiento de liberación, a la descarga de la tensión, pienso que Gràcia es como una promesa de los reyes magos. Salgo del lavabo y el ambiente asfixiante del bar me hace llorar los ojos. No es el incienso de los reyes magos, es el resultado de la ley antitabaco. Miro con dificultad hacia la mesa donde están sentados mis amigos. Han pedido absenta. Hay un vaso para mí. Gràcia es el lugar y el instante en el que querría quedarme estacionado toda la vida. Sonrío. Me siento.
Hacemos el ritual del azúcar, el agua y el fuego.
Bebemos.
Se extiende una promesa de felicidad.

jueves, enero 19, 2006

HOMENATGE A GRÀCIA

Estic aturat al cor del barri de Gràcia: l’encreuament de les avingudes Travessera de Gràcia i Gran de Gràcia. Miro carrer amunt, cap a l’estació del metro Fontana, i les llums de Nadal em fan sentir un vertigen de felicitat injustificada, gairebé estúpida. Hi ha milers de petites llums, com si cadascuna fos una estrella alineada en una constel·lació monòtona, sense encant però hipnòtica. Com si cadascuna fos una promesa que no cal complir. Aviat l’ajuntament les retirarà (les llums, les promeses no: són l’especialitat dels polítics). Tot i així els nens són feliços, amb la felicitat de qui creu únicament en les promeses dels reis mags.
Camino per Travessera cap a Torrent de l’Olla. Vaig mirant les famílies que es detenen davant dels aparadors de les botigues. Vaig reconeixent l’origen d’alguns dels nens mitjançant l’anàlisi dels seus ulls, els seus trets, el color de la seva pell: hi ha xinesos (en realitat xineses), africans, llatinoamericans. Per la seva banda, els pares són catalans. Aquests nens encara no ho saben, però els seus problemes potencials han canviat radicalment. Els hi espera l’angoixa d’aconseguir un pis per a independitzar-se. Els hi espera la desesperació de les rebaixes de gener. Els hi espera l’horror de les teràpies contra el tabaquisme. Els hi espera la desolació del “no” d’una noia que es dirà Núria o Laia i l’eufòria del “sí” d’un noi que es dirà Jordi o Sergi. Els hi espera la por al Chelsea en el vuitens de final de la Champions League.
Segueixo caminant. Com sempre, davant la proliferació d’oficines d’immobiliàries, em resulta impossible no pensar en la situació absurda de l’arquitectura i l’habitatge: les finques modernistes que embelleixen el barri han de suportar l’efecte nefast de les finques quadrades i austeres que fan evocar una Barcelona depriment; els pisos reformats es transformen en llocs de pas per a estrangers rics; els pisos vells de lloguers congelats semblen caure a trossos; tots els lloguers estan inflats… I clar, a més està el folklore alternatiu i marginal: els pisos ocupats. En resum, tota la parafernàlia immobiliària que fa que la frase “vaig aconseguir un pis a Gràcia” sigui un miracle, tota la maquinària que fa que els graciencs hagin d’anar a viure fora. Gràcia com un paradís de la famosa bombolla immobiliària.
Entro a la biblioteca del barri per a tornar un llibre. Mentre espero a la fila observo a la gent que roman asseguda a la sala de revistes. Hi ha molts vells. També hi ha joves. Els vells llegeixen els diaris. Els joves llegeixen les revistes. En veritat, els vells llegeixen i els joves només miren. Es pot deduir per la velocitat amb la qual passen les pàgines. Sembla ser que als joves no els interessa res, que cap tema pot instal·lar-se en el seu cervell més d’un minutet. En canvi, els vells, que en teoria ho han vist tot, troben apassionant qualsevol cosa: l’assassinat d’una dona apunyalada pel seu marit, la situació política a Iran, l’embaràs de l’Angelina Jolie o el pronòstic del clima per a Girona (encara que no hagin d’anar a Girona els pròxims dies). Durant uns segons la paràlisi dels vells i la pressa dels joves se sincronitzen: és el vals de la pèrdua del temps. Uns reposen i d’altres corren, però el temps s’escapa igual.
Surto al carrer novament. El canvi de sensació corporal, de l’ofec de la calefacció de la biblioteca a l’asfíxia del fred exterior, altera el meu ànim. Em descobreixo una mica de decepció atrapada en l’estern, però és tan sols un aguait d’emoció negativa que puc fer desaparèixer molt fàcilment: anant de compres. Vaig perdent-me pels carrers estrets. Totes les contradiccions del barri es materialitzen en la seva activitat comercial. Botigues de disseny que ofereixen productes insòlits al costat de botigues de poble que venen articles de primera necessitat al costat de botigues de xinesos que ho venen tot. Bars de disseny que serveixen caipirinyes i mojitos al costat de cellers «per a fer un vermut». Locutoris llatinoamericans. Supermercats i botigues de pakistanesos competint pel mateix mercat. Restaurants libanesos, xinesos, grecs, mexicans, italians, argentins. Una pita de shawarma o una hamburguesa del MacDonald’s. Botigues on només es parla català, botigues on només es parla castellà, botigues on només es parla amb les mans, perquè els xinesos o els pakistanesos no parlen ni català ni castellà. I per tot arreu botigues de roba, moltes botigues de roba que des de desembre vesteixen el barri amb els seus aparadors colorits.
Compro un llibre a la taula de saldos d’un antiquari. Compro una ampolla de vi negre en un celler. Després em dirigeixo cap a la plaça de la Revolució, on he de trobar-me amb els meus amics. Hi ha gossos passejant els seus amos. Hi ha grupets de joves que conversen i riuen a crits malgrat els rètols que diuen «Gràcia vol descans, no facis soroll». Hi ha nois i noies agafats de les mans, abraçant-se, besant-se, passejant cínicament davant dels solitaris. Per aquí i per allà la gent beu cervesa, fuma, arma porrets a la vista de tothom. Regna la indiferència. Entro a un bar lleugerament modernista i demano una cervesa i unes braves. He arribat d’hora, he d’esperar. Mentrestant fullejo el llibre que vaig comprar: es tracta d’una novel·la que es diu Gràcia, de Rafael Vallbona, escriptor català desconegut per a mi. En la contraportada diu: “Gràcia és la metàfora del poble convertit en ciutat”. També diu: “Gràcia és un milió de coses”. Dintre diu coses encara més tòpiques.
Els meus amics arriben. Bevem tres, quatre cerveses. Mengem xampinyons, pa amb tomàquet, calamars, més braves. Parlem de tot i de res. Vaig al lavabo i en el camí escolto parlar en anglès, francès, alemany, portuguès… a més del castellà i el català, per descomptat. Gràcia és el poble global, penso, i així afegeixo una frase més al llistat de tòpics sobre el barri.
Mentre pixo, gràcies al sentiment d’alliberament, a la descàrrega de la tensió, penso que Gràcia és com una promesa dels reis mags. Surto del lavabo i l’ambient asfixiant pel fum del bar em fa plorar els ulls. No hi és, l’encens dels reis mags; és el resultat de la llei antitabac. Miro amb dificultat cap a la taula on els meus amics hi estan asseguts. Han demanat absenta. N’hi ha un got per a mi. Gràcia és el lloc i l’instant on voldria quedar-me estacionat tota la vida. Somric. M’assec.
Fem el ritual del sucre, l’aigua i el foc.
Bevem.
S’estén una promesa de felicitat.

viernes, noviembre 25, 2005

DERECHO DE INTIMIDAD

No me pregunten cómo, ni por qué, ni tampoco si lo merezco. La cuestión es que el día de hoy se me ha presentado una de las oportunidades más excitantes a las que puede aspirar el ser humano durante su efímera y gris existencia: la posibilidad de husmear, con absoluta impunidad, en una casa ajena. Tengo un amigo que una vez me confesó que hurgaba en los cajones de sus compañeros de oficina cuando se habían ido a comer. También tengo una amiga que me dijo que le encantaba mirar el botiquín y las gavetas de los baños ajenos. Seguramente tengo amigos que espían los cajones de la ropa interior femenina, pero no se han atrevido a decírmelo. Pues bien, en este momento tengo a mi disposición una casa entera; sin embargo, por pudor, y como muestra hipócrita de buena educación, me limitaré a hablar de dos zonas: la sala y el despacho. Obviamente, no daré detalles sobre la casa. Baste decir que está ubicada en Barcelona, en el barrio de Gràcia, y que guarda objetos de tres generaciones de catalanes de pura sangre.
He de confesar que de niño nunca aspiré a ninguna de esas profesiones idealizadas: no pensé en ser ni astronauta, ni bombero, ni presidente del país. Una vez se me metió en la cabeza que de grande sería periodista y mi madre me dijo: “no, mijo, a los periodistas los matan”. Esto ocurrió en los años ochentas y según recuerdo acababa de acontecer un episodio sangriento en Líbano. Tampoco pensé en ser arqueólogo, lo cual es extraño, si me pongo a recordar toda esa imaginería prehispánica de pirámides y misterios que me transmitieron en la escuela primaria. Pues hoy, contra todo pronóstico y contra el consejo de mi madre, ante la necesidad de justificar lo injustificable, me dispongo a realizar una labor profunda de arqueología periodística. Que se lo crea quien quiera. Los demás, incluidos quienes me conocen, saben por qué lo hago.
Comencemos como debe ser, donde se reciben a las visitas, en la sala. Bienvenidos. Hay aquí un librero muy grande que cubre por entero una de las paredes. Además del espacio destinado a los libros, tiene múltiples cajones y gavetas. A ver, a ver (me froto las manos… por cierto, mamá, ¿también matan a los indiscretos, a los chismosos, a los espías de lo intrascendente?). En uno de los cajones encuentro dos velas de cumpleaños con la forma de los números 5 y 8. Qué extraño, están muy usadas. Por lo general las velas de cumpleaños se gastan muy poco, incluso en México, donde permanecen encendidas mientras los invitados cantan las interminables Mañanitas. Supongo que usaron estas velas cuando alguien cumplió 5 años, y luego cuando cumplió 8. Pero también cuando otro, la madre de ese alguien, por ejemplo, cumplió 58. Y también cuando otro más, la madre de la madre de ese alguien, por decir algo, cumplió 85. ¿Por qué no las han tirado? ¿Las están guardando para cuando las nuevas generaciones cumpla 58 y 85? ¿O están pensando en que sólo deberán gastar la mitad cuando llegue cualquier edad que inicie o termine en 5 y 8?
En la gaveta superior, lejos del alcance de los niños, reposa un juego de tacitas para tomar el café exprés. Se trata de una vajilla folclórica. La decoración consiste en una clásica escena bucólica europea: hay un pastor, un tanto amanerado, vestido con chaleco rojo y pantalón azul, sentado sobre un pedazo de tronco; sin embargo, en lugar de un rebaño de ovejas, ¡hay dos asnos! Han de ser asnos catalanes. El escenario es un llano color amarillo, un campo árido a morir. Los asnos no están pastando, ¡y cómo podrían!, ¡si ahí no hay nada qué comer! Juraría, a juzgar por las miradas de entendimiento entre los tres personajes, que el pastor y los asnos están charlando. De estar hablando, dirían lo siguiente:
Asnos, a coro: “¿para qué nos trajiste aquí si no hay pasto, no hay agua, no llevamos carga?”.
El pastor, con voz libidinosa: “ya verán, ya verán”.
El campo es el campo en todas partes. La gente tiene sus costumbres, nosotros no debemos juzgarlos.
Los siguientes dos descubrimientos son desconcertantes. Primero, uno de los cajones está repleto de popotes de colores (pajillas, les dicen aquí). Hay verdes, amarillos y rojos. Son tantísimos que, no sé por qué, me da miedo. No es absurdo, hagan la prueba: llenen un cajón con popotes, olvídense de haberlo hecho y luego un día, muchos años después… ¡uy!, abran el cajón. Con el impulso de la apertura los popotes bailotean suavemente, chocando unos contra otros. ¿A que da miedo? Sin embargo, después del efecto tétrico inicial, es muy sencillo dar con la explicación: en esta familia, como buena familia catalana, son bebedores olímpicos de Colacao, o de Cacaolat. (Duda que se resolverá posteriormente en la cocina.)
Segundo, en tres de los cajones, en una de las gavetas y, ahora que lo pienso, regadas por toda la casa, hay tachuelas. Tachuelas y más tachuelas. Imagino que ésta es una familia de bromistas: gente que se pasa el día entero intentando pincharle el trasero a los demás. O quizá la disciplina familiar se basa en métodos punitivos chinos. O estamos ante ese tipo de personas que todo el tiempo encuentran cosas fascinantes que vale la pena recortar y poner a la vista para reflexionar en ellas; pero miro a mi alrededor y esta hipótesis se desvanece. Sea como sea, sólo una cosa es segura: buenos clientes de la papelería más cercana.
En una de las gavetas inferiores descubro pruebas irrefutables de que esta familia practica (o practicó, al menos) el pasatiempo favorito de la clase media aquí y en China: el coleccionismo de souvenirs robados. Se ruega a los afectados – Residencia Victoria en Tamariu; Hotel Alabriga en San Feliu de Guixols; Park Hotel en Blanes; Hotel Palace en Madrid; Restaurante Pampin en algún sitio de Galicia… – que pasen a recoger los ceniceros desaparecidos por allá en la década de los setenta, calculo.
El resto son objetos que me aburren al instante: dos juegos de vajilla para el té, las copas de lujo, dos soperas grandes, manteles, el juego de cubiertos de plata, tres floreritos. Obviamente falta hablar de los libros que atiborran el mueble. Se trata de las típicas colecciones que regalan los bancos, los periódicos, las aseguradoras, y que siempre tienen el mismo cruel destino: permanecer intactos. (Pienso en El Quijote que reposa en toda sala clasemediera mexicana, más virgen que la quinceañera de la casa.) Elijo un tomo grueso, como de enciclopedia, que llama mi atención, Històries y llegendes de Barcelona de Joan Amades, y lo abro al azar: en la antigua calle de la Boquería – donde hoy se sitúa el mercado emblemático de Barcelona, a un costado de la Rambla – había una sastrería llamada Can Taverner, famosa porque confeccionaba pantalones que las mujeres no podían ponerse. “Los hombres cortos de genio que no se sentían lo suficientemente fuertes para imponerse a su mujer”, dice el autor, “compraban los pantalones en esta sastrería, con la convicción de que eso les garantizaba el dominio marital de la pareja y de que así no perderían la supremacía en el hogar”. Curioso, que Can Taverner ya no exista. Con toda seguridad fue saqueada e incendiada por una turba de feministas en cuanto murió Franco. Ahora comprendo tantos seminarios, conferencias o congresos sobre estudios de género que hay en esta ciudad.
Hay muchísimos más libros, de todo tipo, aunque calculo que un cuarenta por ciento incluyen en el título la palabra “Catalunya”. Catalunya, Catalunya, Catalunya, Catalunya: su historia, sus recetas de cocina, sus fiestas, su fauna, sus juguetes, su geografía… Aquí ya no hay morbo, así que movámonos a otro espacio: ¡al despacho!
(De pasada, en el baño, donde me detuve breves instantes, me encontré con que la cadena para accionar el escusado tiene amarrada una banderita de plástico. En realidad fue diseñada para otro uso, como llavero. La enseña en cuestión es la estelada, la bandera independentista catalana, por lo que no me queda del todo claro si esta familia está a favor o en contra de los separatistas.) (Ah, y en la cocina, ¡hay un Nesquik!... ¿entonces la banderita es irónica?...)
En el despacho reposa un escritorio con dos cajones y un archivero. Siguen apareciendo tachuelas por todos lados, tantas y tan viejas que tengo que hacer una pausa para llamar a México: “Hola, mamá, nomás una cosa: ¿estoy vacunado contra el tétano?”. En el cajón superior del escritorio encuentro la documentación necesaria para realizar una tarea que no voy a realizar: reconstruir los movimientos de esta familia en el transporte público durante los años 1996, 1997 y 1998. Algo esconderán, concluyo, para guardar todos estos boletos. Los querrán usar algún día como coartada en un juicio: “¿Dónde estaba usted el 18 de octubre de 1996 a las 20 horas con 15 minutos?”, preguntará el abogado acusador. “En el metro”, responderá la defensa blandiendo el oportuno ticket.
Para continuar con la intriga, leo una nota escrita en un pedazo de papel que está entre los boletos: “Aceptar todos los siniestros”. (¿Eh? “Aceptar todos los siniestros”. ¿Todos? ¿También a ese payaso que miré una vez cuando era niño comiendo tacos en nuestra taquería favorita? ¡Pero si a cada mordida iba dejando las tortillas manchadas de maquillaje! ¿Por qué no mataste al payaso, papá, tal como te lo pedí ese día? Si lo hubieras hecho, hoy yo no le tendría miedo a los cajones llenos de popotes.) Después de unos segundos de perplejidad mi memoria me juega una mala pasada, pues se encarga de descifrar el enigma: el padre de familia es corredor de seguros.
En el cajón inferior, entre pólizas de seguros, efectivamente, descubro un álbum de los Juegos Olímpicos de 1992. Se trata de la típica publicación en la que hay que ir pegando las estampas que se deben comprar por separado. El álbum fue editado en 1991, está en catalán y en su mayoría está dedicado a presentar el historial de los países que asistirían a las competiciones. Por puro reflejo me pongo a buscar la página que corresponde a Mèxic. ¡Vaya! El tibio Muñoz, Ernesto Canto, Raúl González. ¡No dice nada de todas las medallas que nos han robado los malditos jueces de caminata! ¡No dice nada de Moscú, donde Daniel Bautista, que iba en primer lugar, nunca salió de un túnel! (Por cierto, ahora que lo pienso, veo que hay una laguna en mi conocimiento sobre este evento, porque no sé qué sucedió después, ¿salió del túnel finalmente? ¿No? ¡Alguien tiene que avisarle de la perestroika, de la caída del muro y del MacDonald’s en la Plaza Roja! ¡Que vayan los judiciales a rescatarlo!) Me consuelo del historial mexicano comprobando que el de Espanya es igual de pobre. De tal palo tal astilla. La madre patria pare perdedores. Luego España tendría su mejor cosecha de medallas precisamente en 1992, en Barcelona, pero eso no tiene chiste. Lo mismo pasa con los mexicanos, acostumbrados a ganar de locales. Hasta cuando se trata de guerras, para triunfar sobre una potencia extranjera primero hemos tenido que dejar que nos invadan.
En el archivero sólo descubro facturas, tarjetas de presentación, documentos contables, folletos. Precisamente cuando a mi investigación morbosa se cuela la publicidad me doy cuenta de que es momento de parar. Todo tiene un límite: yo no voy a meterme con el correo comercial de la gente. Eso es sagrado. Cada quien recibe las promociones y las ofertas que se merece. Para eso estamos aquí, para eso hemos venido a este mundo. Si no lo respetamos, ¿a dónde vamos a llegar?
Así que cierro el archivero, abandono el despacho y camino rumbo a una de las habitaciones. Lo que sigue a continuación me lo reservo. Todas las personas tenemos derecho a que se respete nuestra intimidad.

Posdata
Mamá: si algo llegara a ocurrirme, cúlpese a la Associació de Criadors de l’Ase Català, a Nestlé, a Esquerra Republicana de Catalunya, a la Associació d’Hostalers de la Costa Brava, a la Federació de Dones Feministes i Femenines, al Gremi d’Editors de Catalunya y al Comité Olímpico Internacional.

viernes, octubre 14, 2005

EL REPOLLO ASESINO: LA VENGANZA DE MAXIMILIANO (Crónica de Budapest)

Lo escribo desde ahora para que nadie se escandalice y para que los lectores susceptibles se abstengan de continuar. Estoy escribiendo sentado en el retrete del baño de mi hotel en Budapest. No es una costumbre excéntrica, me apresuro a aclararlo, sino que las circunstancias me han orillado a ello. Es tanto el tiempo que llevo aquí, luchando contra mis demonios intestinales, que he entrado ya en una fase de terapia ocupacional. Ya me corté las uñas de pies y manos. Ya me escruté minuciosamente el rostro con ayuda de un espejito para contarme los lunares y las cicatrices. Ya hojeé las revistas a mi alcance e identifiqué todos los tipos de acentos y signos raros que tiene la lengua húngara. De haber tenido el material necesario, y de saber hacerlo, ya habría tejido chambritas para mis incontables sobrinos que siguen naciendo con tenacidad en México. Y ahora me he decidido a intentar dilucidar la cadena de acontecimientos que me han traído hasta aquí. (Por cierto, no padezco diarrea, ni vómito. Son los vientos: ¡la tramontana se ha alojado en mi estómago!)
Lo primero que tengo que concluir es que me lo merezco. Yo no soy nacionalista, ni creo ciegamente en Jung, pero confieso que me encanta participar en el juego siniestro de fastidiar a los extranjeros. Antes lo jugaba con los extraños enemigos que osaban profanar con su planta la patria y desde que vivo en Cataluña lo hago, básicamente, con todos los que se me ponen enfrente. Por descontado, el terreno ideal de juego es nuestra gastronomía. Ignoro si los tailandeses, los otros reyes indiscutibles del picante, actúen igual, pero la verdad es que nuestros chiles son un arma fulminante de agresión amable y disfrazada. Resulta un entretenimiento inmejorable, poner cara de mosca muerta y responder cínicamente al temor de los neófitos con un melodioso “tranquilo, no pica mucho”. Tanto más divertido si se trata de chiles habaneros, por supuesto. Y más divertido si se le insiste al sudoroso y colorado comensal con un severo “no seas exagerado, no pica nada”. Todo con tal que continúe perforándose el intestino. ¿A poco no es para morirse de la risa? Yo no tengo la culpa de ser así, sólo estoy respondiendo a un arquetipo. Claro, la culpa es de Moctezuma.
Dice la leyenda que Moctezuma lanzó una maldición contra los conquistadores españoles condenándolos a padecer enfermedades intestinales. Si hacemos caso a los historiadores, yo la verdad dudo que un emperador tan temeroso e indeciso, que aceptó ser bautizado y fue declarado súbdito de la corona española y cuyos descendientes viven en la actualidad en España bajo el titulo de Condes de Miravalle, haya lanzado una condena tan terrible. Lo creería de su sobrino, Cuauhtémoc. Pero ni hablar, la cultura popular le designó a cada uno un sitio muy distinto, e injusto, en nuestro inconsciente colectivo: cada vez que un extranjero enferma del estómago por culpa de la comida mexicana se debe a la venganza de Moctezuma; mientras tanto, al pobre Cuauhtémoc, tan guerrero y orgulloso, lo recordamos porque los conquistadores le quemaron los pies para que confesara dónde ocultaba el oro. (Que le pregunten a Telefónica, a BBV, a Santander o a Repsol dónde estaba el oro.) Así que: ¿quién tendría más motivos para maldecir y vengarse? Sea como sea, así como Cortés se alió con los tlaxcaltecas, nosotros hemos debido aliarnos con un parásito implacable, el Escherichia coli, para producir lo que los médicos denominan ECET: diarrea, cólicos abdominales, vómito, acidosis, fiebre, debilidad y deshidratación. Aceptémoslo: una actitud tan ruin merece un castigo.
Yo vine a Hungría como Maximiliano fue a México: con engaños. Al hermano del emperador austro-húngaro le dijeron que el pueblo mexicano lo respaldaría. Luego lo acabamos fusilando. A mí me mostraron dos fotografías tramposas de un hotel “magnífico” en Budapest, que sólo merecía haber sido calificado así hace treinta años y siempre bajo los parámetros del socialismo real. Los húngaros, gente sonriente, amable y cariñosa (como los mexicanos, y por ello perfectamente capaces de comportarse como nosotros), no me han fusilado todavía, pero por lo pronto sus agentes, los camareros de los restaurantes, se han refugiado en nuestra mutua incomprensión para endilgarme una dieta de páprika salpicada de repollos asesinos. Contra la páprika estaba advertido y preparado, pero contra las hipócritas ensaladas… ¿Cómo iba a imaginarme que un platito de repollo, servido como guarnición del gulash, fuera capaz de producir semejante daño? ¡A mí, que me ufano de haber sobrevivido sin sobresaltos a las taquerías más inmundas!
Desgraciadamente, no me resulta difícil imaginarme a un deprimido y colérico Maximiliano en el Cerro de las Campanas. No dudo ni un ápice en que justo antes de morir nos maldijo a todos los mexicanos. Su condena, sin embargo, debe haber sido de diferente naturaleza a la de Moctezuma: sensible al fluir del Danubio, iluminado por el esprit de la mittleuropa, no nos deseó que al pisar Viena o Budapest sufriéramos diarrea. El último deseo de Maximiliano fue que nuestro estómago se convirtiera en una cornamusa. Para ello no necesitaba alardear como los mexicanos hacemos con nuestros chiles: al infortunado emperador mexicano le basta con una porción minúscula de col agria.
Lo siento, debo detenerme.
(Sonidos de viento.)
(Ecos.)
(Risas en el pasillo.)